Unos azules intensos que dialogan con el Mediterráneo y matices de blanco que evocan la elegancia de las mansiones excepcionales. Con los pies en el agua y la cabeza entre los pinos, Cheval Blanc St-Tropez encarna un espíritu único: el de una Costa Azul artística y hedonista. Su nueva distinción de Palace lo sitúa, más que nunca, en el selecto círculo de los establecimientos míticos.
Un sueño azul y blanco

Nada más llegar, el Mediterráneo atrae todas las miradas. Situado a orillas del mar, frente al golfo de Saint-Tropez, el hotel Cheval Blanc St-Tropez tomó en 2019 el relevo de la antigua Résidence de la Pinède, de la que aún se conserva, entre otros elementos, la torre de un molino coronada por tejas de color ocre. El arquitecto saint-tropezano François Vieillecroze ha rediseñado los exteriores, mientras que Jean-Michel Wilmotte se ha encargado de renovar los interiores para dejar entrar y circular esa luz tan característica de la Costa Azul. Celosías de roble lijado, blancos luminosos y toques de azul intenso componen una decoración en la que el legado del ceramista Roger Capron ocupa un lugar destacado.
Mecidos por las olas

Cada una de las 32 habitaciones y suites rinde homenaje a Roger Capron. Desde las mesitas bajas Navette de los años 60 hasta las alfombras de motivos inspirados en sus dibujos, la mirada del artista y ceramista impregna cada detalle de la decoración. Bajo las vigas abuhardilladas de la habitación Atelier Mer, los tonos terracota y crema crean una atmósfera de espíritu bohemio. En la Suite Heure Bleue, los amplios ventanales invitan a contemplar el baile de los veleros desde el salón, mientras que el balcón suspendido sobre el Mediterráneo ofrece una perspectiva privilegiada de la bahía. A pocos pasos de la Maison, la Villa Riviera cambia de escala: 400 m² distribuidos en tres plantas, en el corazón de un jardín provenzal, con una piscina infinita frente a la bahía y acceso directo al mar.
El gran baño

Desde la piscina, es difícil no echar un vistazo a esa otra masa de agua, mucho más extensa y salada. Bastan unos pocos pasos para pasar del agua climatizada a 30 °C a la playa de la Bouillabaisse. Una franja de arena blanca, bordeada de pinos, acoge las tumbonas en las que dejar transcurrir la mañana. Una ubicación poco habitual en Saint-Tropez, tan cerca del pueblo y de su puerto. Y, para hacerse a la mar, el embarcadero se convierte en punto de partida de experiencias a medida: desde una sesión de paddle-yoga al amanecer hasta una búsqueda del tesoro entre las olas, brújula y prismáticos en mano.
Platos de Saint-Tropez

En La Terrasse, galardonado con una estrella Michelin, uno se deja embriagar por los aromas del Mediterráneo, a la sombra de pinos centenarios. La tierra provenzal, unida a un mar generoso, se expresa aquí en toda su esencia, a través de productos que proceden, en algunos casos, del golfo de Saint-Tropez. Los tomates cultivados en Grimaud se sirven confitados, marinados o simplemente sazonados, mientras que el salmonete de roca, pescado en el golfo, se acompaña de un caldo inspirado en la bouillabaisse. Para terminar, las fresas se combinan con lima y albahaca, aunque también se puede optar por un turrón helado de frambuesa y rosa de Grasse.
A flor de piel

Es en el entorno del Spa Guerlain, entre sus piedras rubias y sus molduras de madera tostada, donde pasamos la tarde recargando energías. En las paredes, las obras del artista Fred Eerdekens juegan con la luz y las sombras. Tras el calor del hammam, la ducha de nieve y la fuente de hielo ayudan a bajar la temperatura y a aliviar las tensiones. Después llega el momento del tratamiento, un ritual que calma y reconforta la piel tras un día de playa, con delicadas notas de bergamota y flor de azahar.
En el pueblo, bajo los plátanos

Al final de la tarde, llega el momento de descubrir otra cara de Saint-Tropez. Tras visitar algunas de sus tiendas de lujo y pasear por el puerto, donde veleros y yates regresan a sus amarres, nos dirigimos a la plaza de las Lices. Bajo sus plátanos centenarios, los jugadores de petanca de Saint-Tropez y los aficionados mantienen viva una tradición provenzal indisociable de la vida local. Cuando la luz se vuelve más suave, los conserjes de Cheval Blanc organizan allí una partida de petanca, una ocasión perfecta para descubrir también los vinos de las bodegas que salpican el golfo de Saint-Tropez. Ya sea para apuntar o para lanzar, solo queda encontrar el gesto preciso en esta mítica plaza de la Costa Azul.
Sabores provenzales

Al caer la noche, La Vague d’Or desvela la cocina de Arnaud Donckele, galardonada con tres estrellas Michelin. El chef se inspira en los paisajes y los recuerdos de la Provenza para crear una cocina en la que las salsas y los jugos ocupan a menudo un lugar protagonista. Horticultores, pescadores y artesanos locales alimentan esta inspiración día tras día. En el plato, el gambón, una gamba grande salteada con madera de olivo, se combina con aceite de oliva y verbena fresca. La paloma, cocinada en horno de leña, revela por su parte un jugo de carcasas ahumadas, vinagre añejo y aceitunas negras. En los postres, los cítricos se encuentran con un delicado merengue y una infusión de manzanilla. Y, para no perder detalle de esta historia, Thierry Di Tullio pone palabras a cada creación y desvela el recorrido que hay detrás de cada plato, desde el origen de los productos hasta su concepción.
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Para saber más:
- Hôtel Cheval Blanc St-Tropez
Periodo de apertura: de principios de mayo a principios de octubre - Costa Azul Turismo

Por Kévin Bonnaud
Responsable de comunicación editorial
Desde las callejuelas de pueblos colgados hasta la efervescencia cultural de las grandes ciudades, pasando por los paisajes revitalizantes junto al mar o en la montaña, tejo relatos para inspirar a viajeros franceses e internacionales.










